«Zuck sale a superficie», escribió Carole Cadwalladr, periodista del Guardian, después de que el presidente de Facebook, Mark Zuckerberg, al fin publicara su pliego de disculpas. Algo inevitable, aunque mil veces aplazado, tras la debacle provocada por Crambridge Analytica. «Pero ninguna explicación», continuaba Cadwalladr, «de por qué se negó a responder a las preguntas de los periodistas durante dos años. Ninguna disculpa por tratar de desconectar los artículos del Guardian y el Observer mediante acciones legales el pasado viernes. Ninguna explicación al silencio desde entonces…». Cadwalladr, una de las periodistas que más y mejor han investigado el escándalo, incidía así en la actitud secretista y esquiva del gigante tecnológico. Para que Facebook reaccionara fue imprescindible la publicación de una serie de reportajes demoledores. El desplome de su cotización bursátil. Un escándalo de proporciones épicas. Cuando Zuckerberg escribió su mensaje era ya imposible negar que Cambridge Analytica había recogido los perfiles de más de 50 millones de personas en EE UU. Su sinergia con la campaña de Trump. La transformación de los datos personales en munición electoral con la creación de un sofisticado programa informático capaz de generar propaganda política individualizada. Noticias a la carta, más allá de las cacareadas fake news, con las que percutir en las obsesiones de los electores.

De alguna forma había que contrarrestar las pesquisas de Cadwalladr y sus colegas sobre las oscuras maniobras de Cambridge Analytica. «Yo creé la herramienta de guerra psicológica de Steve Bannon», le había confesado a la periodista del Guardian el joven y arrepentido Christopher Wyle. Uno de los cerebros de la operación. Detrás estaban efectivamente Bannon, ex consejero principal de Trump y ex director de Breitbart News, y su gran mecenas, Robert Mercer: matemático y experto en computación, pionero de la inteligencia artificial, multimillonario y dueño de un fondo de alto riesgo y gran donante de muchas de las causas por las que Bannon peleó durante años. Una suerte de reverso del Tony Stark/Iron Man de la gran pantalla. Alguien que trabaja en la vida real para apoyar las causas y los candidatos del sector más duro de los republicanos. Para cuando Wyle confesó sus miedos con Cadwalladr, la realidad había adquirido tintes propios de Matrix. Hablando de los intentos de Cambridge Analytica para obtener contratos militares, le explicó que habían creado «perfiles psicológicos de 230 millones de estadounidenses. ¿Y ahora quieren trabajar con el Pentágono? Es como Nixon puesto de esteroides». Antes de incorporarse en la campaña a las elecciones presidenciales de 2016, la compañía habría contribuido decisivamente a la campaña del Brexit, al poner en manos de Nigel Farage sus herramientas para el estudio de los perfiles psicológicos de los posibles votantes y el diseño de noticias ad-hoc. Pero quizá el problema sea sistémico. Más allá de la épica montaña de información personal que contiene, está la propia naturaleza del tratamiento que Facebook otorga a las noticias. Su condición de gran contenedor informativo. El mayor del mundo con diferencia. Así como la calculadísima abulia con la que siempre ha tratado el contenido de esas noticias. Tras desembarazarse de buena parte de los periodistas que organizaban y filtraban el tráfico, luego de dejar la gestión de las noticias en manos de los robots, estaba no solo la optimización de sus recursos, que también, sino, sobre todo, la intención siempre declarada de seguir siendo neutral. Una condición imprescindible para ganarse al público y, sobre todo, a las autoridades. Un perfil bien labrado a fin de garantizar que nadie pueda echarle en cara y/o interponer una demanda por lo que publican sus usuarios. Nosotros nos limitamos a ofrecer un canal de expresión. Sólo limpio de cualquier tentación editora y terapéuticamente alejado de la posibilidad de generar contenidos, podía Facebook continuar amparado por la protección legal que EE UU concede a los intermediarios. Los hechos no ganaban sobre las opiniones. Las noticias puntuaban igual que los bulos. Bienvenidos a la era del «periodismo democrático». Facebook no solo operaba como el recipiente gigante donde acababa toda la información, muchas veces generada por los medios convencionales. Además situaba esos relatos en un plano de igualdad con trolas, montajes y cotilleos generados y diseminados por intérpretes que, hoy lo sabemos, trabajaron para desestabilizar la democracia. A tal efecto resulta paradigmático el llamado Rusiagate. El caso de las empresas radicadas en San Petesburgo. Posiblemente ligadas a los servicios de inteligencia rusos. Su influencia en las elecciones de EE UU en 2016. Si a la laxitud máxima con las fake news y los relatos alternativos se añade la casi infinita panoplia de oportunidades que ofrecen los perfiles privados, ese retrato psicológico de millones de datos, tendremos una tormenta explosiva. Un huracán que amenaza con consolidar una paranoia de tintes orwellianos legítimamente justificada.



Fuente: La Razón

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